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He cambiado de bitácora

Archivado en General • Fecha: 20-03-2007 23:47:15

Según me han dicho, parece que hay problemas para ver esta bitácora y colgar comentarios (lo que más me interesa) así que he cambiado.
http://sistole-diastole.blogspot.com/
Ahí os espero.

Escrito por Sama
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Breves

Archivado en General • Fecha: 11-03-2007 16:59:21

Ayer por la tarde recibí la visita del pastor del pueblo; cura para que nos entendamos. No lo hizo para llevarme por el camino de Cristo, aunque más tarde, lo intentó. Su primer objetivo era tratar un asunto mucho más mundano; ocho camas para unos brasileños devotos que pasarán aquí una noche. Los ocho, vienen de jornadas. ―¿Tú sigues el camino de Cristo?―me asaltó después de comentar las dificultades de un pastor en Cabo Verde. Para el Pastor, que ya le pongo mayúscula como la D de Dios, hay un camino correcto y una única verdad. Yo que he vivido entre “infieles” y que he crecido con una hermana que cree en la reencarnación, no apuesto por únicas verdades. Me habló de fe, de la Biblia; que se sabía al dedillo, Juan 8 versículo 14, Apocalipsis 34, lo que le daba seguridad y presencia ante mí; pobre infeliz; él no yo, que no sabe que de un tiempo a esta parte, para mí los libros son virtuales y acaban siempre en la papelera de reciclaje. Me habló de infierno y yo, con aire new-age aseguré que no creía en él. Claro está, le cambió la cara y la emprendió con las citas; me soltó siete u ocho.
El Pastor está casado con una mujer de grandes proporciones; físicas, no sé si espirituales, y aquí eso se ve poco, porque se come poco, así que podríamos decir que la iglesia se alimenta bien. Peinada al estilo occidental; también se ve poco, la mujer del Pastor tiene una profesión complementaria a su marido. Él embellece las almas; ella los cuerpos; las cabezas para ser más exactos En la casa consistorial se mezclan los salmos con los tintes, los crucifijos con los rulos; el ensayo de los cantos corales dominicales con el sonido del secador. Yamira me cotilleo que, a pesar del atrezo, Dios no la ha llamado por el camino de la peluquería; que es más, cosa del diablo porque su gran especialidad es quemar el poco pelo que le queda a las clientes, quemado ya en sesiones anteriores. Así que, a Dios rogando y con el secador quemando, que es un refrán mal rimado pero bien traído. Marcos 14, 7-5.

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Cansada del onanismo literario, he decidido auto-integrarme en un taller de cuentos. Lo fundamental es su gratuidad y mi gratitud, pero sobre todo su gratuidad. De vez en cuando, dos veces al día para ser más exactos, me conecto al anuncio del taller literario, de tres años, de fuentetajaliteraria y les envío mentalmente el siguiente lema; “Visite mi bitácora, visite mi bitácora” pero al rato me entra complejo del Mooo-viii-re-card de cuando años ha iba al cine y desisto de mi beca; que esa es mi única pretensión. Es entonares cuando sueño, sueño despierta:
Estimada Belén:
Tras haber leído su bitácora, hemos decidido de forma unánime otorgarle una beca honorífica para realizar todos nuestros talleres de forma GRATUITA.

Los sueños, sueños son y quien se despierta es porque quiere.
A principios de mes, en ese taller en el que todo es gratuidad y gratitud, pero sobre todo gratuidad, se puede enviar un cuento, y yo lo he hecho, porque a mí lo de auto-integrarme y adaptarme siempre me ha gustado. He agradecido sus comentarios, porque los cuentos se comentan, aunque las observaciones hayan sido todo menos gratificantes, que sí gratuitas; eso siempre. Al cuento le falta un desenlace y justificación narrativa. Al cuento le sobran, palabras. Ya sabía lo del desenlace, que no era un cuento sino un momento, un algo sin justificar y mucho menos narrativamente.

Escrito por Sama
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Carnaval

Archivado en General • Fecha: 20-02-2007 13:22:09

Es carnaval. Caretas, barbas pintadas, vestidos confeccionados con sacos de arroz, maíz o azúcar; y tambores, sobre todo tambores. Tam-tam-ta-ta-ta-tam.

El ensayo
Las niñas se ponen en su fila correspondiente; solo hay dos. Miran a los percusionistas que se han colocado en el centro. Esperan la señal para comenzar a bailar. Ese paso les está costando, sobre todo a las más pequeñas; dos a la izquierda, uno a la derecha y rápidamente otro hacia atrás. La monitora, que marca el comienzo, mira a los percusionistas. Uno de ellos, con la mano en alto la mira y le guiña un ojo. Ella se sonríe. Tam-ta-ta-ta, las niñas la miran, ella levanta las manos; las mantiene arriba durante unos segundos. Una pequeña ya ha empezado a bailar. “Para”, le dice una madre. “Todavía no es”. Baja las manos y empiezan… dos a la izquierda, uno a la derecha y rápidamente otro hacia atrás. Una vez cogido el ritmo comienzan a andar calle arriba. Parece un paso de semana santa provocado por el diablo. Caderas arriba y abajo, tambores que introducen en un trance de carne y sudor, tam-tam-ta-ta-ta-tam.

Escrito por Sama
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Felicidad menguada

Archivado en General • Fecha: 06-02-2007 22:52:38

Perdonadme si afirmo que soy feliz. “¿Quién puede ser feliz a estas alturas, en días como éstos?” Bueno, entonces tal vez debería aclarar que es una felicidad menguadita, una felicidad acotada y no universal, gracias a la cual no veo el mundo como un ir y venir de flores blancas en fondo rosa que es más típico del walt Disney japonés. Así que, para no crear posibles roces y desavenencias con el lector, puedo llamarlo; gozo. Entonces perdonadme si afirmo que siento un gran gozo. Lo sé, tal vez gozo no sea el adjetivo adecuado ya que la cultura compartida nos arrastra indefectiblemente a relacionar gozo con el sexo y/o el coro. Sí, yo también estuve en un coro. “Llevo un gozo en el alma, GRANDE, gozo en el alma, GRANDE, gozo en el alma y en mi ser, aleluya gloria a Dios.” Para mí, participar en lo segundo no resultó ser una experiencia “gozosa”, ni siquiera una felicidad muy menguadita, en absoluto, y estaba convencida de que era la única que se sentía así; las sonrisas sin par del joven que tocaba la guitarra, ahora ya cerca de la prejubilación, y de sus acompañantes me dejaban entrever lo –oso que implicaba cantar en un coro: gozoso, maravilloso y dichoso. En una ocasión, el joven de la guitarra, al cual aún veo por el barrio y no nos saludamos desde aquel día, se le ocurrió apostar por los solos. “Yo no quería tener un solo, yo estaba en un coro y ahí radicaba mi dicha y mi algarabía; en ser una alma desapercibida y alienada dentro de un grupo.” El de la guitarra mandaba; Belén, dijo acercándome el micrófono. Alargué un brazo, temblorosa y lo coloqué con retumbos magnéticos en mi barbilla, pesaba tanto que apenas podía con él. El sacerdote me miró, la penitente del confesionario me miró, las devotas de los primeros bancos me miraron, los parroquianos de los últimos me miraron. Yo le miré a él y él me hizo una señal con los ojos para que empezara al mismo tiempo que tocaba las primeras notas, con esa sonrisa, sí de felicidad universal y no acotada como la mía. “Túuuuuuu, has venido a mi oriiiiiiiillllllaaaaaaaa, noooo haassss buscado..” El sacerdote se apiadó de mí, como yo esperaba que fuera al ser él un sacerdote y tener dotes para la piedad y la compasión. Las devotas se apiadaron de mí, los feligreses se apiadaron de mí, hasta la mujer del confesionario se apiadó de mí y cantaron aunque yo creo que con algo de sorna; era yo la que tenía el micrófono y se me oía más que a nadie. El joven de la guitarra no tocaba con sorna, de hecho dejó de sonreír y aunque el oído musical nunca fue mi fuerte, aseguraría que aceleró las notas y terminó la canción mucho antes de lo previsto. Esa fue la última vez que nos dirigimos la palabra y que optó por proponer ideas reivindicativas de la individualidad.

Dejando los recuerdos aparte y volviendo a mi felicidad, que si no puedo afirmar que soy feliz ni que tengo un gozo en el alma (GRANDE), me quedo con el estoy contenta. Un adjetivo sencillo y algo apocado, lo sé, pero respetuoso con los grandes males del alma que acechan a la felicidad completa. Así que estoy contenta, muy contenta, mejor, y la razón no es otra que la de haberme unido a un grupo que realmente va conmigo, y es ahora cuando puedo hablar en plural, porque nosotros no somos un grupo cualquiera, pertenecemos al brazo armado de la literatura, somos los “okupas” de las bibliotecas, los insubordinados a la sociedad general de autores, los comunistas puros de la letra impresa. Siempre quise pertenecer a algún grupo revolucionario, conocer las barricadas, el miedo a las sanciones legales. NOSOTROS, perdón, nosotros, (casi susurrando, es importante que no nos oigan) apostamos por el libre tránsito de libros de todos los tiempos. ¿A qué se me ve feliz? Menguadita, siempre menguadita, eso sí.

Busco en un catálogo el libro o autor que me apetece, me conecto a Internet y lo descargo. Cuando vives a 1500 kilómetros de la biblioteca española más cercana, tener libros a un clic es un lujo, es el paraíso en la tierra. Aunque como todas las felicidades terrenales y celestiales, ésta es parcial y algo incompleta ya que los libros son incorpóreos, virtuales. Se acabó el pasar páginas con los dedos, emigrar de una estancia a otra con el libro a cuestas, ver en grosor lo que llevas leído o lo que te queda por leer, la sensación que produce el abrir la portada como si de una puerta se tratase, el poder entender esa puerta como algo físico, limitado, que existe, con un principio y un final, el saber a ciencia cierta; pocas cosas se saben hoy en día a ciencia cierta; que aquello que está ahí escrito es obra del autor, sin intrusiones espontáneas. Por que ¿quién me asegura a mí, dulce felicidad menguadita, que el manuscrito en Word que me he bajado pertenece realmente a ese autor? ¿Y si el alma caritativa que ha escaneado la obra tiene el mismo vicio y gusto que yo por la sinonimia y en un ataque de histeria, bajo enajenación literaria, ha desbancando adjetivos, sustantivos o verbos por palabras afines? Y si la frase que apunté en mi cuaderno azul y que supuestamente correspondía a Martín Gaite: “La geografía del tiempo está surcada por caminos de memoria y grutas de olvido” realmente fuese “La astronomía del tiempo está hendida por cometas de memoria y satélites de olvido” o “La orografía del tiempo está coronada por cumbres de memoria y desfiladeros de olvido.” Nunca lo sabré.

Con el “ebook” también se ha acabado, y esto lo digo casi llorando porque realmente me duele, la estantería. En las estanterías, cada lector tiene su orden y en cada orden se descubre a su lector. Los libros se pueden ordenar con una función estética, por orden alfabético, los leídos separados de los no leídos, de los no abiertos y de los que nunca se leerán; por orden de lectura, según voy acabando según voy colocando, por materias, por el desorden del momento. Fisgonear la estantería de alguien es descubrir sus secretos más ocultos, más íntimos; pruébalo lector. Si ese enamorad@ te invita a cenar y puedes hacerlo, echa un vistazo a su estantería. Yo huiría de una estantería con un gran número de libros de autoayuda o de libros sin terminar que incluyen el separador entre sus páginas. Es un consejo para llegar a una felicidad menguadita en pareja. Dicen que es importante conocer a sus amigos o a su madre. Discrepo. Lo más importante es su estantería. Pero, yo todo esto ya lo he perdido, por eso lloraba antes. No tengo estantería virtual, mis libros, perdón nuestros libros (que somos un grupo comunista que aboga porque todo es de todos y a la vez de nadie) pasan a la papelera de reciclaje. Elimino el libro, no mejor no seguro que necesito ojearlo otra vez, lo restauro, tiene poco espacio en disco, lo elimino, pero y eso que decía sobre la geografía y la memoria, lo vuelvo a restaurar. Me lleva más tiempo este proceso que leer los propios libros.

Escrito por Sama
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Gustos, vicios y disgustos

Archivado en General • Fecha: 31-01-2007 22:05:39

Tengo el vicio y el gusto, nunca sabría decir si me corrompe (pervierte, deprava, perjudica) o beneficia (favorece, ayuda, protege) de usar Word como diccionario de sinónimos. Dentro de un texto escojo con avidez una palabra, me acerco a ella con el puntero del ratón y extiendo con el botón de la derecha el menú que me abre las puertas al mundo de la sinonimia. Por lo general son palabras sabidas desde siempre; no busco los sinónimos de términos recién asimilados, ya que encuentro más por aprender en las expresiones cotidianas. Me paso horas, de ahí el vicio, escribiendo palabras en el folio en blanco y siento un cosquilleo en la nuca, de ahí el gusto, cuando aparece una larga lista de términos a la derecha de mi pantalla. Muchas veces el gusto se transforma en disgusto; los sinónimos son aburridos o vacíos, o aburridos y vacíos que en este caso resultan equivalentes, véase vida.

Mis vicios y mis gustos suelen ir juntos ; véase chocolate, tabaco y cama. Y al gusto, cómo no, va unido el disgusto; véase escribir. El disgusto por escribir se aloja en el estómago, como si me hubiera comido todas las palabras y permanecieran allí, agazapadas, provocando retortijones viscerales cada vez que sienten un folio en blanco cerca. Comienzo una frase sin final, me duele la boca del estómago, porque es ahí donde se han atascado las infinitas continuaciones, entorpeciendo unas palabras el paso de las otras, arremolinadas hasta el abdomen y después al esófago. Mi aparato digestivo se convierte en una gran M40 de palabras inconexas, ansiosas, de ahí que mi única tabla de salvación sea el diccionario de sinónimos de Word y mi cuaderno azul. Sí, yo como Martín Romaña, tengo un cuaderno azul. Me lo trajo mi hermana de la India hace ya algún tiempo. Es exótico tener un cuaderno y una hermana traídos directamente de la India, Es la mayor de todos, no la India, sino mi hermana y supongo que por esa razón, es la madre de todos y más madre que ninguno de los otros respecto a mí, porque al ser la pequeña los otros dos también son mis padres. Demasiados padres para una única hija. En cuanto a mi madre la mayor, no la natural, sino la adquirida, empiezo a tener recuerdos claros de ella sobre los ocho años, cuando la observaba manejar las cartas de tarot y hablarnos a María y a mí del significado de los sueños. Nos sentábamos sobre la moqueta verde de la habitación y abría un libro azul, gordo; que aún anda por casa porque los libros andan por las casas, se mueven y también se esconden; ¿cómo era el agua del mar? ¿Era oscura o clara? ¿Estaba en calma o agitado? Con ocho años casi todas las aguas están en calma. ¿Te pican los montes de las manos? Esos son cambios. Eso era más o menos a los 14, que yo ya era un profundo cambio. Ella me descubrió muchas cosas; esa es una de las funciones de las hermanas mayores-madres; el tarot, el I-ching, la visualización creativa, los cantautores de la época; y los libros. Los libros sin firma en la anteportada que deambulan por casa, son suyos. Y están allí, peregrinando entre estantería y habitación sin una identidad clara, “¿de quién es este libro? Hay libros en casa que no he visto nunca. Estas cosas raras son típicas de tu hermana Lourdes, ¿no?” Ella me regaló a los nueve años un diario. Era un cuaderno pequeño de tapas duras, amarillo con una imagen cursi en la portada; una parejita paseando por el campo. Aún lo conservo. Ahí empezaron mis disgustos y mis problemas de atasco gastrointestinal con la escritura. Sí, se podría decir que mi hermana mayor-madre también me acercó a eso y a pesar de que pueda sufrir una úlcera, se lo agradezco. Del cuaderno amarillo, pasé al rojo, del rojo al verde, del verde al gris, en el gris hice un collage en la portada y del collage al azul indio. Mi vida se cuenta por cuadernos.

Mi cuaderno azul está repleto de citas y palabras de otros; de definiciones de palabras, de ideas para juntar palabras, de sueños hechos palabras, de palabras no sabidas, de sabidas y olvidadas, de consejos sobre cómo desatascar las palabras del estómago. Lo mío son las palabras; de ahí el vicio, el gusto y el disgusto.

Escrito por Sama
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